Diego Baloian

Diego Baloian

Los picos nevados de la Cordillera de Los Andes se convierten en testigos del relato familiar de hace cien años atrás. Antranig Baloian, sobreviviente del Genocidio, fundó una pequeña Armenia en las lejanas tierras chilenas, donde hoy sus descendientes continúan su legado.
 

“Desde chico escuché historias macabras, terribles. Crecí con este tema no resuelto y algo que nos fue arrebatado. Paradójicamente, eso mismo me generó un amor por mi sangre”, expresa Diego Baloian, un joven arquitecto que construye un puente que une tres generaciones desde Chile hasta Armenia.

Su bisabuelo, Antranig Baloian, nació en Palú (actualmente, al este de Turquía) donde su familia poseía extensos viñedos. Se salvó de la muerte porque el oficial turco encargado de organizar las matanzas en esa región lo tomó como esclavo, con la idea de turquizarlo e, incluso, le dio el nombre de Alí. Luego, fue forzado a marchar junto a sus tres hermanos en las ‘caravanas de la muerte’, en el desierto de Der Zor. Los más grandes lograron escapar, pero el más pequeño, de tres años, no pudo correr lo suficientemente rápido para alcanzarlos. Los tres hermanos cruzaron el desierto y llegaron a Alepo. “Mi papá sobrevivió comiendo pasto”, recuerda Nazaret (conocido como Nacho), hijo de Antranig y abuelo de Diego; “vio las matanzas, violaciones y demás aberraciones. Contaba lo sanguinarios que fueron los turcos, cómo fueron capaces de tanto y cómo los armenios fueron objeto de genocidio en su propia tierra. Hasta sus últimos días se preguntaba qué fue de la vida de su hermano menor”.

Durante las primeras matanzas hamidianas, un tío de Antranig había escapado a Siria y fue él quien les ayudó a instalarse allí, donde vivieron dos años. Como la familia de su tío había emigrado a Chile, ellos también decidieron probar suerte. Luego de un largo viaje, incluyendo el cruce de la Cordillera de Los Andes, casi como la hazaña del General San Martín, los Baloian llegaron a Puerto Montt. Cinco años más tarde, se instalaron en la ciudad capital, Santiago.

Colectividad Armenia de Chile en el Aeropuerto de Santiago. A la izquierda, Antranig Baloian. 1964
Colección privada de la familia Baloian

 

La mayoría de los refugiados armenios que llegaban a Sudamérica se situaron en Buenos Aires o en Montevideo y los Baloian estuvieron entre los primeros armenios en arribar a Chile. 

“Los que cruzaron la cordillera fueron los menos, o los más valientes”, bromea Nacho.

Antranig, de 20 años, tenía el deseo de casarse con una chica armenia. En tiempos donde no existía internet, ni mucho menos las redes sociales, le escribió una carta a su tía quien llegaría desde Siria a Chile, preguntándole si conocía alguna candidata. Ella respondió enviándole la foto de una joven de la que, inmediatamente, Antranig se enamoró. A la semana de arribar, se casaron. Ella era Verjin Tosunian Terzibashian, una joven de Urfa que logró salvarse del exterminio, tras permanecer en el orfanato de Near East Relief, en Siria.

 

Nacho y Diego Baloian - Santiago, 2015 - "Mi abuelo es mi mejor amigo", afirma Diego.
Foto: Colección privada de la familia Baloian

 

Nuevo horizonte

Ya en Santiago, se asociaron entre tres hermanos y trabajaron en el rubro textil. Primero se dedicaron a la compraventa y, luego, lograron comprar una máquina para confeccionar la mercadería ellos mismos. En la nueva tierra nacieron sus tres hijos y recibieron una crianza armenia: “Yo no soy chileno, soy armenio. Nosotros decimos ‘armenios nacidos en Chile’”, aclara Nacho.

En los años ’30, la crisis golpeó fuerte, pero ellos se mantuvieron en pie. “Mis padres trabajaban de día y de noche. Papá decía ‘un armenio nunca deja de pagar’ y así salieron de la crisis. Era ambicioso y trabajador. Eso es la perseverancia de una persona que escapó de un genocidio”, agrega entrecruzando sus manos llenas de tiempo.

Ese trabajo dio sus frutos y los Baloian se convirtieron en empresarios exitosos, con una gran fábrica. En ese mismo edificio, Antranig dispuso un salón donde armó un altar para celebrar la misa armenia. “Él era ateo, se preguntaba ‘¿Dónde estaba Dios cuando masacraban a los armenios?, pero reconocía el rol cultural de nuestra iglesia”, cuenta Nacho.

 

El altar armenio en la fábrica de Antranig. Sus hijos Simón (izquierda) y Nacho (derecha). Santiago, 1941
Foto: Colección privada de la familia Baloian

 

El amor a la Patria y la añoranza de la tierra perdida llevó a Antranig a fundar una nueva Armenia y derribar, así, los 15.000 kilómetros que separan al país cordillerano de Mayr Hayastán. Durante esos años, Chile recibió una oleada de inmigrantes del el viejo continente, a quienes el gobierno ubicó en el Estadio Nacional. “Papá fue a buscar a los armenios y los trajo a casa. En el salón había puros colchones. Los alojaba ahí y les daba trabajo en la fábrica”, recuerda Nacho con orgullo. Su hermano Simón agrega: “Muchas veces yo dejaba mi cuarto para que duerman ellos”. Así, Antranig se convirtió en el gran padrino de los armenios recién llegados, ayudándolos a comenzar su nueva vida. Hoy, uno de los salones del “Hai Dun” (casa armenia), sede de la Colectividad Armenia local, lleva su nombre, inmortalizando toda la labor desinteresada que desempeñó. Esa ayuda que brindó en Antranig en Chile, va en congruencia con la solidaridad y generosidad que mostró durante toda su vida. Cuando escapaban de las matanzas cruzando el desierto, cada uno de los hermanos traía consigo una moneda de oro. En ese camino se encontraron con un armenio que también intentaba sobrevivir y no tenía nada. Antranig sacó su moneda y se la dejó a él.

 

Foto: 4 generaciones: De izquierda a derecha - Antranig, Nacho, Andrés y Diego Baloian en brazos. Santiago, 1988
Foto: Colección privada de la familia Baloian

Tercera generación

El bisnieto de Antranig, Diego, es quien lleva la posta familiar hoy en día. De madre vasca y padre armenio, afirma haber crecido en un ambiente totalmente armenio y sentir un arraigo con ese país lejano que aún no conoce. Sueña con saldar, próximamente, esa cuenta pendiente de conocer la tierra de sus ancestros. Atravesado por esa herida en estado aparente de cicatrización, continúa el legado de sus antepasados. “La lucha se convirtió en mi motor, esta causa nos une a todos. La tarea es mantener el recuerdo, el honor de los que sufrieron”, dice con convicción. Actualmente, integra un grupo de jóvenes que continúan el trabajo que comenzaron sus abuelos, con el objetivo de mantener viva la llama armenia.

Lejos de tener ideas revanchistas, asume una visión positiva, superadora y reconoce el gran valor de la milenaria cultura armenia: “Creo que llegó el momento de dar vuelta la página. Si bien nunca se va a compensar lo que pasó ni aunque se reconozca, hay que empezar a valorar más lo armenio, más allá de la tragedia; no somos solamente sufrimiento”. Diego propone aprender a lidiar con la historia y asumir nuevos desafíos, sin olvidar lo sucedido: “A mi abuelo y bisabuelo les tocó vivirlo de otra manera. Eso, en consecuencia, también nos marca, pero con otro espíritu, esperando lograr la reconciliación, superando el odio”.

 

La historia fue verificada por el Equipo de Investigación de 100 LIVES