Muriel Mirak-Weissbach

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El nombre de John Mirak es conocido en Boston, la capital de Massachussets. Sobreviviente del Genocidio Armenio, John Mirak se convirtió en un empresario exitoso que se ganó el respeto de los armenios tanto en su país como en el exterior por su compromiso con la filantropía. En la actualidad, su fundación John Mirak Foundation realiza inversiones para proyectos educativos y culturales en toda Armenia.
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El nombre de John Mirak es conocido en Boston, la capital de Massachussets. Sobreviviente del Genocidio Armenio, John Mirak se convirtió en un empresario exitoso que se ganó el respeto de los armenios tanto en su país como en el exterior por su compromiso con la filantropía. En la actualidad, su fundación John Mirak Foundation realiza inversiones para proyectos educativos y culturales en toda Armenia.
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“Mi padre era la personificación del sueño americano. Creía firmemente que siendo honesto y trabajador, uno podía triunfar en la vida. Fue un modelo a seguir”, dice Muriel, hija de John, que ahora vive en Alemania. Tres años atrás, Muriel y su esposo crearon la Mirak-Weissbach Foundation, una fundación que ayuda a niños y jóvenes armenios necesitados.    

Muriel Mirak es corresponsal del periódico Armenian Mirror-Spectator y publicó varios libros. Nacida y criada en Nueva Inglaterra, estudió literatura inglesa en Wellesley College y fue becaria de Fulbright en Italia. Luego se desempeñó como profesora en la Universidad de Milán. “El hecho de que las universidades italianas se politizaran tanto a principios de la década de 1970 influyó mucho en mí”, dice Muriel. “Me convertí en periodista política, especializada en el mundo árabe”. Después de la Operación “Tormenta del Desierto” de 1991, condujo un programa humanitario, en colaboración con las Naciones Unidas, llamado “Comité para salvaguardar a los niños en Irak”.  

“Enviábamos a niños iraquíes a los Estados Unidos para que recibieran atención médica. En una de mis visitas a casa, le mostré a mi madre unas fotografías de niños heridos en la guerra. Esas imágenes motivaron algo en su interior y, por primera vez en su vida, me contó la historia de cómo logró sobrevivir.

No fue sino hasta la muerte de mis padres que mis hermanos y yo supimos los espantosos detalles de lo que vivieron. 

Leer sus memorias fue un duro golpe para mí, me causó una especie de crisis de identidad”, dice Muriel. “De niña, quería sentirme integrada, asimilada, norteamericana. Mis compañeros y mis profesores no sabían nada acerca de los armenios, ni siquiera sabían dónde quedaba Armenia. Una vez a la semana, iba a clases de idioma armenio porque a mis padres les parecía muy importante que así lo hiciera”.  

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                                 John y Artemis durante su boda en 1932.

Una unión predestinada

La madre de Muriel, Artemis Yeramian, nació en 1914 en Tsack, una aldea otomana cerca de Arabkir. En 1915, los hombres de la aldea fueron ejecutados. Las mujeres y los niños fueron encerrados en una iglesia y luego fueron llevados a un campo para ser fusilados. La bala no alcanzó a Artemis; y un pastor turco la encontró y la dejó en los escalones de una mezquita.

Artemis fue rescatada por un gendarme compasivo, que la crió hasta que unos parientes lejanos la recuperaron después de la guerra y la llevaron a Estados Unidos. 

De no haber ocurrido el Genocidio, Zaven y Artemis podrían haberse conocido en Arabkir. Zaven nació en 1907 en Mashgerd, cerca de Arabkir. Tenía ocho años cuando su padre y, luego, su madre y sus primos, fueron ejecutados. Sólo quedaron su abuela enferma y su hermano bebé. Cuando los llevaron a la plaza central para fusilarlos, Zaven corrió hasta su casa y se escondió en el granero antes de hallar refugio en la casa de un vecino turco. “Luego de un mes, estaba cerca de la plaza de la aldea con nuestra vecina”, escribió John años más tarde. “Topal Nury, el jefe de ejecuciones de toda la región, llegó a caballo, me agarró y gritó, ‘¡Tu eres el que se escapó!’ La mujer turca lo miró y le contestó, ‘¿No has matado ya suficiente? ¿Por qué no dejas en paz al niño para que cuide a su abuela, que se está muriendo y a su hermano bebé?’” 

El gendarme dejó ir a Zaven y así fue que el niño sobrevivió. 

“Al cabo de una semana, mi abuela murió”, escribe Zaven. “Le pedí al marido de la mujer que me ayudara a enterrarla…Una semana más tarde, recurrí nuevamente a él para enterrar a mi hermanito, que aún no tenía un año de edad y había muerto de inanición. Yo era el único armenio que quedaba en la aldea”.

Zaven vivió con unos vecinos turcos y trabajó para ellos hasta 1917, cuando su tía Anna, quien buscaba a sus tres hijos que perdió en las marchas de la deportación, encontró, en su lugar, a Zaven. Se lo llevó con ella a Arabkir. “La única comida que teníamos venía todas las semanas de la organización estadounidense Near East Relief. Solía ir y pedir una ración de trigo para dos y eso era suficiente para toda la semana. El hombre a cargo de Near East Relief era el Sr. Knapp. Para nosotros él era Dios”. Un año más tarde, se unieron a unos parientes lejanos en Alepo y viajaron a los Estados Unidos en 1921 para reunirse con el tío de Zaven, Garabed, que había emigrado hacía diez años.     

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John, su tío Garabed, su tía Anna y su primo Hovsep en los Estados Unidos, en 1923.

De vender autos a impartir bondad

Una vez en Boston, “Zaven” se convirtió en “John”. Asistió a la escuela secundaria, pero a los 16 años tuvo que empezar a trabajar. De día lavaba platos en un hotel y de noche aprendía el oficio de mecánico. Luego abrió un taller de reparación de autos con tres socios. Allí la conoció a Artemis, quien se encargaba de la contabilidad. Se casaron en 1932 y fueron inseparables por el resto de sus vidas.   

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                                             Artemis y sus cuatro hijos, 1943. 

Cuando estalló la Gran Depresión en la década del 30, John se vio obligado a renunciar a su taller, pero no a su convicción de que iba a triunfar. “Mi padre era muy creyente. Creía plenamente en Dios. Siempre decía, ‘Si sobreviví, tiene que ser por alguna razón y si Dios quiere, las cosas cambiarán para bien’”, recuerda Muriel. Y eso fue justamente lo que ocurrió. Gracias a un patrocinador, John y sus socios abrieron un nuevo taller en Arlington, un suburbio de Boston, que luego se transformó en el concesionario de Chevrolet que aún hoy atiende a sus clientes en el local de la calle 1125 Massachussets Avenue. 

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                                      El recientemente inaugurado local Mirak Chevrolet, 1948

Cuanto más éxito tenía en los negocios, más concentraba su interés en la caridad. “Como una forma de agradecimiento, de preguntarse por qué él y probablemente por la culpa de haber sobrevivido, se sentía obligado a retribuirle a la sociedad lo recibido, por medio de donaciones y de su servicio”, escribe su hijo Robert en el libro “Genocide Survivors, Community Builders: The Family of John and Artemis Mirak” (“Sobrevivientes del Genocidio, constructores de la comunidad: la familia de John y Artemis Mirak”). Robert es historiador y estudió en las universidades de Harvard y Oxford. Su tesis doctoral, “Torn between Two Lands: Armenians in America, 1890 to World War I” (“Divididos entre dos tierras: los armenios en Estados Unidos, 1890 a la Primera Guerra Mundial”) sigue siendo un estudio relevante hasta el día de hoy.  

John hizo donaciones a numerosas instituciones médicas, educativas y culturales. Como miembro del directorio, les brindaba asesoramiento a varios bancos como Harvard Trust y Arlington National. Fue un seguidor ferviente del Presidente Franklin Delano Roosevelt y financió campañas políticas. El alcalde de Boston, John Collins y su mujer visitaban asiduamente el hogar de los Mirak. “Johnny Mirak nunca se olvidó de sus raíces armenias. No ignoró a ninguna organización caritativa respetable”, dice Robert. Les entregó donaciones a las iglesias armenias de Estados Unidos, al Sanatorio de Tuberculosis Armenio del Líbano y a la Asociación Nacional de Estudios e Investigación Armenia (NAASR). En 1978, ganó el reconocido Premio (Armenio) Ellis Island y muchos otros premios de varias organizaciones armenias.           
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John Mirak y Set Momjian, embajador de Estados Unidos ante las Nciones Unidas, en Ellis Island, en 1978. Ambos fueron ganadores del Premio Ellis por su servicio a la comunidad.

 

Antes de crear la fundación John Mirak Foundation en 1972, John dirigía con dedicación la Armenian Cultural Foundation. “Aunque nunca había ido a la universidad, tenía una profunda apreciación por la educación, la música y la cultura. Estaba decidido a preservar lo armenio”, dice Muriel. “Hasta los 90 años fue todos los días a su oficina. Volvía a su casa, se sentaba en el sillón, tomaba el periódico y escuchaba música armenia. Su muerte fue una gran pérdida para todos”, se lamenta Muriel. “Era una fuente de coraje y fortaleza para nosotros”. John vivió hasta los 93 años.    

Actualmente, Robert y Muriel le rinden honor al legado de su padre continuando sus obras de caridad. Recientemente, la Mirak Foundation le entregó USD300.000 a una escuela de Armenia. “Perdimos gran parte de nuestra tierra en el juego geopolítico de las Grandes Potencias. A aquellos que exigen la devolución de las provincias perdidas, les digo: olvídenlo, eso es sólo una ilusión. Tenemos un país, una nación, un estado soberano que necesita desarrollarse. Trabajemos juntos para garantizar su futuro y lograr una prosperidad duradera para las jóvenes generaciones”, dice Muriel. 

La historia fue verificada por el Equipo de Investigación de 100 LIVES. 

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Hija del reconocido filántropo y sobreviviente del Genocidio, John Mirak
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